Hace poco escuché a la poeta británica Georgie Jones recitar I’m Not Impressed by Efficiency. El poema nació después de que, al terminar una de sus presentaciones, un hombre se le acercara y le dijera que había creado una aplicación capaz de escribir un poema en veinte segundos. Jones responde reivindicando un mundo en el que nada termina de encajar del todo y del que, precisamente por eso, quiere más: “I want more of it. I want all of it. The muddled, the messy, the bits AI might edit out”. La frase me quedó dando vueltas. En ese mundo desordenado estamos también nosotros, con nuestras dudas, errores, contradicciones, memoria, afectos, luces y sombras. Homo, humus, humanus, humanitas son palabras que, por distintos caminos, nos devuelven a la tierra, porosa, vulnerable, sedienta, frágil. En lugar de filtros que nos presentan una versión corregida de nosotros mismos, urgen nuevos Caravaggios que sepan usar la sombra para resaltar la luz.
A comienzos de este año, un reportaje de The Wall Street Journal reunió las recomendaciones de cinco figuras destacadas del mundo de la inteligencia artificial, Daniela Amodei, Jaime Teevan, Ethan Mollick, Manny Medina y Caroline Hanke, sobre la formación que aconsejarían a sus propios hijos ante un futuro laboral cada vez más incierto. En sus respuestas aparecieron con fuerza la formación humanística, la adaptabilidad, el pensamiento crítico, el aprendizaje continuo, el juicio personal y las capacidades relacionales, por encima del dominio de una destreza técnica específica. Evidentemente, los hijos de los entrevistados y, en general, quienes crecen en entornos acomodados cuentan con márgenes de elección que no están al alcance de la mayoría de los jóvenes. Aun así, resulta inquietante que una formación tan valorada por quienes mejor conocen estas tecnologías pueda acabar convertida en un privilegio social reservado a unos pocos.
Hace unos días, durante la ponencia inaugural de un congreso en Quito, el historiador Justo Cuño, hablando sobre las ciencias históricas en tiempos de inteligencia artificial, concluyó: “Solo las preguntas, finalmente, nos van a salvar”. En sus palabras resonaba aquella frase atribuida al príncipe Myshkin en El idiota de Dostoievski, “la belleza salvará al mundo”. En una época en la que una máquina puede ofrecernos en segundos respuestas verosímiles sobre casi cualquier asunto, se multiplican también las frases correctas pero fofas, los textos impecables que no terminan de decir nada, los argumentos que suenan bien sin haber pasado por una pregunta exigente. Una buena pregunta obliga a reconocer un problema, examinar los supuestos desde los que pensamos, advertir silencios, establecer relaciones y, llegado el caso, revisar nuestras propias certezas. Enseñar a preguntar y a repreguntar implica también resistir el atajo de la respuesta fácil, permanecer ante la complejidad de la realidad, seguir interrogando aquello que no admite una explicación inmediata y respetar procesos de comprensión cuyos ritmos son, las más de las veces, lentos.

Durante el año académico 2026-2027, los cursos comunes de Ciencias Sociales de la Universidad de Chicago se desarrollarán principalmente con textos impresos y discusiones presenciales, con restricciones al uso de dispositivos y de escritura asistida por inteligencia artificial. Se busca que los estudiantes ejerciten por sí mismos la lectura, la escritura, la abstracción y el pensamiento. Me viene a la mente Funes el memorioso, de Borges. Después de que un caballo lo derribara y lo dejara tullido, Funes adquiere una memoria prodigiosa. Recuerda con precisión casi insoportable cada detalle de lo vivido, puede reconstruir un día entero, retener innumerables percepciones e incluso inventar un sistema propio para nombrar los números. Toda esa información, sin embargo, no le facilita comprender mejor. La misma Universidad de Chicago que reserva estos espacios para leer, discutir, equivocarse y cambiar de opinión ofrece también Claude a sus estudiantes. No hay contradicción: usar bien la inteligencia artificial exige desarrollar previamente la capacidad de juzgar, matizar y problematizar sus respuestas.
El desafío trasciende el aula. En redes sociales y plataformas digitales circulan cada vez más relatos sobre el pasado construidos con enorme seguridad, pero escaso trabajo crítico con las fuentes. José Carlos de la Puente contrapuso recientemente al «crédulo Watson» con el «inquisitivo Holmes» para describir dos maneras de acercarse a la historia y advirtió sobre el riesgo de consumar un verdadero «historicidio». La inteligencia artificial puede convertirse en un Watson dispuesto a ordenar y repetir aquello que encuentra, aunque, como ha advertido el papa León XIV en Magnifica Humanitas, sus respuestas reflejan también decisiones y prioridades y pueden reproducir estereotipos, posiciones ideológicas e intereses vinculados con quienes diseñan y controlan estos sistemas. Sin una formación humanística, la tecnología puede terminar convertida en una colosal caja de resonancia, capaz de dar enorme alcance a ideas que merecerían todavía ser examinadas, matizadas o discutidas: “Just because it’s quick doesn’t mean that it is masterly”, diría Georgie Jones.
*Agradezco a la Dra. Claudia Rosas Lauro, con quien pude dialogar para enriquecer estas breves ideas.